Archive for the 'Cultura' Category


“LA NIÑA QUE SE ALIMENTÓ CON LA SANGRE DE SU MADRE” 0

Luc</p

 

 

LA LUCHA CAMPESINA POR SU LIBERACIÓN.

  • ¡Aguantá no más, pólvora no mas es!…
  • ¡Caimanta ringuiche! (Váyanse de aquí)
  • ¡Aguantá, caraju, pólvora ca no mata!…
  • ¡Ñuca allpa na quichunguicho! (Nuestra tierra no han de quitar)
  • ¡Huaira apamushcas, ashcu soldados, ringuiche, ringuiche! (Traídos del viento, perros soldados, váyanse, váyanse)
  • ¡Llugshi, caraju! (Lárguense)

Entre gritos de protesta, en quechua y un mal pronunciado castellano, los campesinos luchaban, en forma desigual, contra la soldadesca enviada por el Gobierno para hacer cumplir la ley de beneficencia que declaraba propiedad del Estado los bienes raíces de las comunidades religiosas.

Transcurrían los primeros años del presente siglo, cuando el Poder Ejecutivo había ordenado que un piquete de soldados, al mando del mayor Portilla se traslade a la hacienda Pesillo a dominar a los “indios levantados”.

La vida en el campo era dura y amarga; el sistema feudal aún permanecía intocable. En las haciendas administradas por los religiosos se procedía en forma abusiva y hasta cruel; se aseguraba que los padres Mercedarios, que explotaban la hacienda, se habían apropiado de grandes extensiones de tierras, mediante el cobro de los servicios religiosos como bautizos, confirmaciones, matrimonios, entierros, etc. El valor de estos servicios era pagado con terrenos por parte de los campesinos.

Tantos maltratos e injusticias cometían los frailes, que cierta ocasión, el padre Cervantes ordenó a don Manuel Perugachi, un apegado del pueblo, que se traslade al Oriente, junto a otros peones, para extraer caucho, pagándole dos reales diarios - 20 centavos de sucre-. Encontrábase don Manuel enfermo con paludismo, y no cumplió la orden; entonces el autoritario sacerdote, a pesar de las súplicas y ruegos de su acongojada esposa, ordenó que se destruya y queme su vetusta choza, quedando el pobre hombre sepultado entre los escombros.

Los atropellos se multiplicaban cada día; se obligaba a trabajar a los campesinos, incluidos los niños, desde la madrugada hasta muy entrada la noche. Cuando faltaban a las clases de catecismo, se los anotaba en el “padrón” para ser flagelados sobre el tronco de un árbol, y otras veces, sobre la pila de piedra que todavía existe en uno de los patios de la casa de hacienda.

Por estos procedimientos de los sacerdotes, los indígenas, liderados por Juanita Calcán, promovieron un levantamiento como protesta por los maltratos recibidos.

Esta valiente mujer, cargada a su tierna niña, corría por entre las chozas de sus compañeros invitándoles a luchar por su liberación; no le importaba el frío, las lluvias o la oscuridad de las noches.

Mientras tanto, los religiosos que habían explotado y ultrajado a los indígenas, hábilmente se convirtieron en defensores de los mismos; causándoles confusión, les ofrecieron devolver sus tierras y fueron aleccionados para defenderlas ante la venida de los “Masones”. Apurados y confundidos, rezando, dando misa a la ligera y sobre todo, maldiciendo a los enemigos del clero, huyeron llevándose valiosas cantidades de esterlinas de oro; algunas cajas de esta preciosa moneda, dejaron enterradas con la creencia de que la hacienda les sería devuelta. Alguna vez, se comentó que parte de este “entierro” fue sacado por un arrendatario de la hacienda de apellido Delgado.

Cuando los sacerdotes se alejaban de la vieja estancia, volvieron sus miradas y observaron como los campesinos; con Juanita Calcán a la cabeza, bajaban por las lomas de la comarca armados con palos, machetes y azadones. Las mujeres llevaban, en sus anacos recogidos, piedras para ayudarles a sus maridos en la lucha. Todos se preparaban para enfrentar con rudeza y valentía a los militares que llegaban a Pesillo.

Un viento helado soplaba desde el nevado Cayambe acompañado de una llovizna constante propia de las alturas de nuestra serranía. Una neblina espesa y negra se acercaba al lugar del combate como anunciando momentos de dolor y muerte.

Los disparos de fusilería que los uniformados realizaban al aire, para disuadir a los indios y evitar una lucha frontal, de nada sirvieron. Contrariamente, esto degeneró en lanzamientos de piedras y palos a los “huaira apamushcas”, “ashcus soldados”. Grande era el desconcierto, se escuchaban ensordecedores gritos de protesta; centenares de piedras caían sobre los militares. En un momento menos pensado, un certero garrotazo es propinado al mayor Portilla quien, encontrándose mal herido, cae de su caballo. Moribundo, el desafortunado oficial, con voz entrecortada ordena:

  • ¡Maten, maten, carajo!
  • ¡Maten, a estos indios hijos de puta!…

Al escuchar esta orden, los soldados, ya no disparan al aire sino al cuerpo de mujeres, hombres y niños que huyen despavoridos, dejando tras de sí varios muertos y heridos.

Entre los últimos se encontraba Juanita Calcán, la heroína de la jornada quien, como siempre, cargaba a su tierna hija. Separándose por un instante de sus compañeros de lucha y mientras se disponía a alimentar a su criatura, recibió un certero disparo en su pecho. Es cuando la sangre, que brota de su herida, se mezcla con la leche materna y la inocente niña se alimenta sin saber que su madre estaba agonizando. Juanita, es recogida por sus compañeros que miran y se lamentan por la triste escena de la campesina que está ya sin vida.

Es el precio de la jornada, una de las tantas que se han escrito con sangre.

  • Lucía Lechón, se llama y en Turucucho vive: “La niña que se alimentó con la sangre de su madre”

Se conoce que Lucía Lechón murió en febrero de 1996, a la edad de 95 años.

Nota: Este relato histórico fue publicado en el periódico “Orientación” de junio de 1980 y sirvió de argumento para la película “Sangre y Leche”.

Esta y otras leyendas se publicaron en el libro “EL TESORO DEL PADRE JUAN”. (Relatos de Cayambe - Síntesis Geográfica e Histórica), escrito por Gustavo Vaca Maldonado, en 1999.

 

 

El Tesoro del Padre Juan

 

Freddy Vaca R.