Pablo Palacio: un Hombre muerto a puntapiés 0
Pablo Palacio, siempre a contracorriente, en una época cuando dominaba la literatura indigenista apela a la locura como arma literaria. Iconoclasta, burlón, per profundamente ecuatoriano en su léxico e imágenes, siempre sorprenderá su narrativa. Ilustra este extracto de “Un hombre muerto a puntapies” un grabado del genial Francisco Goya y Lucientes.

(Fragmento)
“Anoche, a las doce y media aproximadamente, el Celador de PolicÃa Nº 451, que hacÃa e! servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y GarcÃa, a un individuo de apellido RamÃrez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundamente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido vÃctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocÃa, sólo por haberles pedido un cigarrillo.El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la ComisarÃa de turno con l objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento el hecho, a lo que RamÃrez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la PolicÃa, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.
“Esta mañana, el señor Comisario de la 6a ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de RamÃrez. Lo único que pudo saberse, por dato accidental,
es que el difunto era vicioso”.
“Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho”. No decÃa más la crónica roja del “Diario de la Tarde”. Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reà a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mà podÃa suceder.
Esperé hasta el otro dÃa en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no habÃa una lÃnea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez dÃas nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y GarcÃa. Pero a mà llegó a obsesionarme. Me perseguÃa por todas partes la frase hilarante: “¡Un hombre muerto a puntapiés!” y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolvà al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridicula.
Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y sobre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofÃa, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendà mi pipa -Esto es esencial, muy esencial.